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EN TORNO AL MOVIMIENTO VANGUARDISTA EN PUERTO RICO

Fernando González Alberty

a don Luis Sánchez Morales

En el ensayo "El sentimiento de la Independencia", hijo de la fina péñola de don Luis Sánchez Morales e inserto en una de las ediciones pasadas de este rotativo*, el autor hace elogiosa alusión al movimiento novi-estético denominado "Atalayismo Portorriqueño". Estábamos los adláteres de la moza tendencia en espera de este aplauso consagratorio, que por emanar de mente autorizada y afín, vibra con resonancia enaltecedora, para hablar de nuestra obra en primera persona, no ya para alardear de pontífices literarios, sino para brindar sintética historia del Atalayismo, relacionándolo desde luego, con la vanguardia portorriqueña en general. No van, pues, estos periodos en son de réplica a lo vertido por don Luis Sánchez Morales, sino a modo de conceptos adicionales que arrojen más luz sobre tan interesante tópico.

En Puerto Rico han estallado muchas insurrecciones literarias, pero ninguna de ellas, a excepción del Atalayismo adquirió contornos definitorios, puesto que sus legionarios inconscientes o no lograron imponer sus doctrinas por carecer éstas de sustancia medular, o no consiguieron imponer al medio reacio sus postulados iconoclastas.

En la obra de Lloréns Torres, Palés Matos y De Diego Padró hay, esporádicamente, atisbos vanguardistas, pero ninguno de estos vates se abraza plenamente a los estándares de la nueva lírica. Hay que considerarlos, sin embargo, en sus respectivos radios estéticos, tres figuras salientes de la literatura patria.

Surgió el brote denominado Noísmo preñado de laudables propósitos novadores, pero su existencia fue superlativamente efímera. Fue un grito estridentísimo, un hachazo esgrimido con justa saña al tronco secular del clasicismo. Pero sus mantenedores desertaron desanimados antes de crear obra perdurable. El Noísmo fue un relámpago que duró la eternidad de un minuto. No se reafirmó lo suficiente para inyectar alientos vivificantes a las decadentes letras boricuas.

Hace su presentación en el tablado vanguardista Evaristo Ribera Chevremont. Su obra es originalísima, rica en imágenes inéditas y en pensamientos inusitados. Cultiva este poeta el eclecticismo. Sus convicciones estéticas no lo han dejado desprenderse de las tradicionales rémoras del metro y de la rima. Pero aún en sus clásicas destaca su vigoroso estro de seda moderno. Es un gran poeta.

Su hermano José Joaquín, es autor de Breviario de Vanguardia, interesante poemario mozo que sorprendió a la grey literaria, por haber gritado luego de un largo silencio del autor y por haber éste cultivado siempre una poesía románticamente enfermiza, aunque de un sincero sentimentalismo. Este cuaderno está bien. Se espera, sin embargo, que José Joaquín radicalice aún más los tonos de su lírica actual.

Juan Antonio Corretjer es uno de los poetas puertorriqueños que con más justeza ha captado las vibraciones poéticas de la hora. Es hacerle justicia catalogarlo como un auténtico poeta de avanzada. Es autor de Agueybana y de Ulises, tomos en los que campea logradamente el ambiente de la poesía moderna.

El bordonazo cumbre del vanguardismo lo ha dado en Puerto Rico el movimiento atalayista. Este grupo de poetas jóvenes hizo su aparición en la palestra literaria como un organismo autónomo, representativo en este país de las corrientes mundiales de renovación estética, que en Europa se denominaron Ultraísmo, Cubismo, Futurismo, Creacionismo, Dadaísmo, Surrealismo, etcétera, pero postulando cánones aún más radicales que estas escuelas.

En el orbe cultural se operaba una revolución. Los viejos postulados literarios rodaban como ídolos destronados a los pies de las juventudes intelectuales de la postguerra. Un nuevo pensamiento, una nueva inquietud, trazaron normas frescas a la petrificada ideología vigente. La literatura evolucionó. El verso bebió en la mitológica fuente poncedeleónica. El metro y la rima se insurreccionaron, rompiendo en gesto sublime los barrotes esclavizadores de los preceptos tradicionales. El motivo se situó en un plano no hollado por los adláteres del clasicismo. La médula sustituyó a la vaciedad. La originalidad a la monotonía de lo trillado. La lírica se proclamó autónoma, desechando el tutelaje de las reglamentaciones y anduvo por sus propios pies. La revolución lírica se inició en Europa, pasando luego a América.

Como queda dicho en Puerto Rico, un grupo de poetas jóvenes, apresó en su antena alerta el ritmo virgen de la época. Y respondiendo a la necesidad renovadora, constituyó el cenáculo atalayista ―centro distribuidor de la nueva tendencia literaria. La potente luminaria del vanguardismo dejó semiciegos a los profanos en mayoría, habituados a la luz mortecina del clasicismo. Una minoría selecta, al escuchar el grito atalayista, destapó las válvulas del aplauso. La opinión de la masa fosilizada chorreó en las plumas mohosas de escritorzuelos improvisados. Sólo lograron estos minúsculos detractores del grupo, hacer un reclamo gratuito de nuestra locura literaria.

También peló a brazo partido el Atalayismo con la ignavia cultural del ambiente. Está nuestro país, por un accidente histórico, semi aislado del resto del mundo. Las corrientes espirituales y de perfeccionamiento humano se mueven en las áreas civilizadas, apenas encuentran cauce directo para arribar a nuestras playas. Sólo nos envuelve copiosamente la riada del utilitarismo sajón. Cuando el clarín atalayista dio el toque de alarma, los únicos alientos renovadores que nos llegaban eran los de una nueva marca de chorizos o un nuevo tipo de automóvil. Los que persistían en hacer literatura se alimentaban de ideas anticuadas. El Atalayismo, estaba frente a un enemigo de piedra.

Pero el atleta joven saltó limpiamente todos los valladares que la neofobia y el aislamiento interpusieron en su senda. Ninguna rémora le arredró. La modalidad atalayista impuso sus postulados revolucionarios. Se abrió brecha por la fronda de los reacios.

Periódicos y revistas se abrieron como una boca propicia para lanzar el grito de la época, la voz del siglo. Y en ellos derramó su obra inicial el Atalayismo. Fe una obra extensa, medular, interesante ―simiente fresca que se echaba en los surcos de la senilidad literaria.

El Ateneo Puertorriqueño también abrió sus puertas para propagar el nuevo evangelio poético. Y en memorable asamblea pública, ante intelectuales, artistas y profanos, desfiló el concilio atalayista entre gestos de aprobación y desaprobación de unos y otros y entre los aplausos de todos.

El radio también abrió sus válvulas para diseminar el insólito ritmo. Y en las ondas del éter cabalgaron las creaciones de los aedas de avanzada. Y llegó la hora de las cristalizaciones aurorales.

El ideario atalayista se plasmó definitivamente en el molde del libro. Tres volúmenes de versos subversivos vieron la luz de la publicidad: Responso a mis poemas náufragos, Grito y Niebla lírica, ―tres mensajes ateístas en la ortodoxia de la mansa poesía vigente.

Responso a mis poemas náufragos fue el primero en editarse. Graciani Miranda Archilla inauguró la bibliografía atalayista con este célebre cuaderno, acertada exposición de la nueva tendencia. Vibró después Grito, de Fernando González Alberty, autor de este ensayo. Y en tercer turno se editó Niebla lírica, de Luis Hernández Aquino, tomo en donde el romanticismo y el vanguardismo cantan en perfecto maridaje. Estas tres obras fueron copiosamente enjuiciadas en la prensa del país. Muchos juicios fueron favorables al movimiento. Se desprende de ello que fuera de la secta insurrecta había numerosos espíritus alertas, que pudieron interpretar el mensaje novador.

El sazonado fruto atalayista, según apuntamos con precedencia, goteó en el cesto del comento profuso en y fuera del país. En los círculos retrógrados, aquí los más populosos, fue acogido con la indignación que despertaría entre los fieles un sermón ateísta pronunciado desde un púlpito ortodoxo. Un grupo de espíritus ágiles, no obstante, interpretó plausiblemente la moza doctrina. En el exterior ―más cerca de la civilización― el aplauso fue unánime.

La semilla, pues, no se regó en suelo infecundo. La nueva generación se disponía a suplantar a la vieja. Venía pródiga en bríos juveniles, aunque orientándose por sendas trilladas. Urgía, por tanto, un estímulo que remozara su actuación estética, encaminándola por rutas inéditas. Y el incentivo llegó oportunamente cátedra atalayista.

El Atalayismo torció la orientación de la juventud cultural de Puerto Rico, trazándole normas redentoras. Operó en la labor de los poetas incipientes una reforma saludable. Estos se iniciaron en la nueva escuela, inyectando a sus creaciones el aliento fresco de a misma. Y se salvaron de la anonimia proclamando valientemente la autonomía de las letras patrias.

Hasta en la aparentemente  reacia caterva de intelectuales maduros se coló el virus de la reacción literaria. El influjo del movimiento fue general. La ráfaga insurgente agitó el sedentario océano de nuestra literatura, imprimiéndole vitalidad y colorido. El idioma se agilizó. La palabra no fue más que un símbolo muerto, petrificado. El léxico, viciado de académica austeridad, se tornó dúctil, flexible, y el pensamiento cabalgó libremente en el Pegaso brioso del verbo rejuvenecido.

La implantación del vanguardismo se reafirmó más todavía cuando, como en el caso de Góngora, varios de sus acérrimos opositores, no sólo izaron la bandera blanca, sino que además se convirtieron al Atalayismo.

La revolución contra lo arcaico no estalló en la arena literaria únicamente. El arte pictórico, el musical y el caricaturesco se inmergieron también en las linfas de la renovación. Artistas de todo género ascendieron a la Atalaya, radiando desde su capitel creaciones más intensas y originales.

Arguyen trasnochados enemigos de la evolución cultural, como justificación a su neofobia crónica, que los movimientos de vanguardia ―Ultraísmo, Creacionismo, Dadaísmo, etcétera ―ha desaparecido del mapa literario de Europa. Cierto que estas cofradías de ideología indócil pasaron como escuela, como grupo. Pero la esencia de sus doctrinas late hoy con mayor ímpetu y comprensión que cuando existían tangiblemente. Su espíritu revolucionario anima actualmente el cuerpo de la lírica universal. Su influencia se manifiesta patentemente en la producción literaria de cualquier región del mundo.

El caso del Atalayismo puertorriqueño es análogo. La pléyade de vates que lo integran, no ha desertado, puesto que no han regresado a los antiguos cauces de expresión. Aceptemos, sin embargo, que su continuidad como escuela resulta viciosa, toda vez que su misión como tal está cumplida. El Atalayismo diseminó su simiente y ésta se ha propagado abundantemente, más allá de los lindes del cálculo. Pero aunque mucho se ha hecho, la obra básica del Atalayismo permanece inédita, esperando a las puertas del torreón el huidizo vehículo de la divulgación. Cuando el Atalayismo encuentre los medios para su producción fundamental y para editar su órgano Honda, sus valores se elevarán prodigiosamente en la bolsa del mercado literario.

Agradecemos al señor Sánchez Morales los conceptos elogiosos que tributa a nuestro esfuerzo y el reconocimiento que hace del Atalayismo como un movimiento originalísimo con personalidad definida. Han existido y existen numerosos istmos literarios en otros países, pero este istmo nuestro, aunque ligado a aquellos por el espíritu de renovación que los anima, lleva el sello de Puerto Rico porque lo alienta "El sentimiento de la independencia" de que nos habla don Luis Sánchez Morales.

 

 

*Tomado del libro de recortes de González Alberty. No da fecha ni origen pero puede ser El Imparcial. 

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