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PALABRAS DE HOMENAJE

(fragmento)

Juan Antonio Corretjer

Muchos caminos del recuerdo me llevan hasta Clemente  Soto Vélez. No hay un solo alto en ese camino en el que patriotismo y poesía no sean motivo del encuentro. Los primeros amigos en coincidencia serán todos los poetas: los mejores de nuestra generación. Ahí estará Graciani Miranda Archilla, imaginativo y vibrante, fácil al entusiasmo y a la ira; Fernando González Alberty, metódico y reservado; Alfredo Margenat, circunspecto, intelectualista, crítico. Uno de ellos, humilde, callado, estudioso, comparte esta noche con nosotros: Luis Hernández Aquino. Y Clemente. Clemente era el más apasionado de todos los que compartíamos con él esa soberana virtud de amar en demasía, si es que puede amarse demasiado. Y quede aclarado: el compartido apasionamiento tenía en todos fósforo común: la patria y la poesía.

Compartíamos la misma edad, unos años menos Graciani, unos más Clemente. Quizás González fuese el "anciano" del grupo, algunos dos años mayor que Clemente. Clemente y yo éramos los más politizados. Y yo el menos literaturizado. ¿Cuánto pueden significar uno, tres años más? ¿Puedo decir experiencia? En verdad no sé cómo definirlo. Pero había llegado al grupo habiendo visto desmoronarse el Grupo Noísta y vivido la lección inolvidable de nuestro Barrio de Nueva York. Y mi neocriollismo se había fechado en Harlem Hispano más de un año antes de conocernos.

Lo que describo no es pues una capilla, ―en este caso la Atalaya de los Dioses, sobre la que oficiaba, sumo pontífice, Miranda Archilla. Señaló una de las tertulias literarias de la época, quizás todavía históricamente no fichada. Pues yo mismo, en muchas ocasiones al ser entrevistado, hablé de la de Lloréns en La Mallorquina, Palés en La Cafetera, Evaristo en el Ateneo, ―porque en todas esas, por una generosidad generacional, se me había abierto la puerta años antes. En ésta, como en aquellas otras, predominaba el tema literario. Pero se hablaba también, en las otras, de mujeres y caballos. La que señalo ahora en la historia literaria de mi país no recuerdo haberla visto por ninguno de nuestros cuadros de época incluidos en las galerías de historia literaria reciente. Y no había tema que no fuera patriotismo y poesía.

Yo, como amigo de los "Dioses", tenía un puesto fraternalmente cedido. Y, por paradójico que parezca, había una distancia mayor, en aquel entonces entre Graciani o Clemente, conmigo, que la que había encontrado, aparentemente entre Lloréns o Evaristo [Rivera Chevremont] en las otras tertulias a las que con anterioridad de unos tres o cuatro años antes había tenido. En la tertulia en casa del inolvidable Don Manuel Quiñones, en La Marina, hubo un aglutinante mucho más poderoso que en todas las otras. Un independentismo feroz, un atroz antiyanquismo, y en esto competíamos por igual todos los contertulios.

Cuando participo en esta tertulia ya ocupaba yo un puesto en el Partido Nacionalista (Secretario Administrador del Partido) y eso mismo me obligaba al papel, ¡qué cosa tan ridícula! de parecer más maduro y conocedor que mis queridos contertulios.

Prontamente, poco más de un año después, empezaría yo a viajar por todo el país, y, Clemente iría a vivir a Caguas. Pero antes, un hecho singular viene a interponerse en estos caminos del recuerdo.

El 16 de abril de 1932 ocurrió el Asalto y Toma Revolucionaria del Capitolio Colonial. No alargaré inútilmente estas palabras con un relato pormenorizado del heroico suceso. Pero testimoniaré que junto a Albizu Campos, en la primera fila de la columna de asalto, iba Clemente Soto Vélez, ya casado y próximo a ser padre; y que con él llevó a la primera línea del peligro, al hijo que le iba a nacer. En la columna caminaba otro "Dios", Graciani, quien entre el tumulto revolucionario conocería a la heroína de la noche y la haría prontamente su esposa.

Caguas significaría para Clemente Soto Vélez más que su Lares natal y más que su San Juan definitorio. Caguas sería el lugar de su consagración definitiva como patriota y revolucionario. En Caguas demostró Clemente llevar en él lo que no se le suponía: el don de organizador político. Llevaría en Caguas además un fuego que el anchuroso nacionalismo cagüeño necesitaba. En Caguas desde antaño uno de los baluartes independentistas del país. Aun en los momentos críticos en que el dieguismo se diluye y no ha encontrado el nacionalismo solución de continuidad, y de superación, en el liderato de Albizu, Caguas mantenía su prestigio mítico de fortín independentista. Había allí hombres de patriotismo y de mucho carácter ―para mencionar solamente a dos― como Luis Casanova y Cándido Martínez. En ambos vivía la inconformidad con el estancamiento político y emocional del Partido. Pero no ardía en ellos la llama resurrecta de Betances que Albizu traería. Con la prédica resonante de Albizu el nacionalismo se había ampliado masivamente en Caguas, a despecho del divisionismo "independentista" traído por Muñoz Marín; y se había también vigorizado en temple y ardor.

Pero fue con la llegada de Clemente a Caguas que el fuego de Albizu tocó la cuna de Gautier Benítez.

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No pudo pasar tan a la ligera por nuestros compartidos años como reclusos de Atlanta. Se desarrolló entre nosotros en esos años una amistad de tal profundidad que difícilmente puede traducirse en palabras. Pero diré cuánto sufrió Clemente en Atlanta. Vivió casi toda su prisión bajo el azote de una torturadora alergia. Encima, la precariedad de la salud de Albizu, con quien compartió celda, era otra constante tortura a su conciencia. Hubo un momento en que tanto él como yo pensamos que el líder no sobreviviría el estado de salud que obligó a la administración a hospitalizarlo en la prisión misma. Para evitar complicaciones mantuvimos a nuestros compañeros de reclusión en relativa ignorancia sobre la salud de Albizu. Pero nosotros teníamos información de primera mano y a diario de cuán grave era su condición.

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No me extiendo en esta parte de nuestra convivencia. Escribir sobre Atlanta me duele hasta en las yemas de los dedos.

Pero ni Clemente ni yo pudimos prever lo que ya la vida nos preparaba para Nueva York. No sé cuántas veces habríamos preferido seguir en manos de nuestros enemigos a pasar por lo que aquel Nueva York de plena Segunda Guerra Mundial nos tenía preparado. Todo el zarpazo de la horrible contienda movido por todos los sistemas de espionaje y contraespionaje se movieron para hacernos la vida insoportable. A poco si nos hacemos trizas trabajando por la consolidación unitaria de elementos revolucionarios en Nueva York, con miras a una situación de postguerra a la que no estábamos ciegos. La más feroz lucha antindependentista y anticomunista se desencadenó rebajada a los niveles más bajos  pero que al mismo tiempo se libraba en los más altos, que era en  los que realmente surtían su efecto pernicioso. Sin embargo fue en Nueva York en donde ambos nos encontramos definitivamente con nosotros mismos.

En 1945, ya terminada la Guerra, logré salir hacia Cuba. Y meses después regresé a Puerto Rico. Clemente se quedó en Nueva York.

 

(Tomado de PEN CLUB de Puerto Rico, Boletín Informativo,

año IV, Núm. 3 marzo-abril de 1983: Homenaje a Clemente Soto Vélez.).

 

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