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MANIFIESTO ATALAYISTA

Clemente Soto Vélez

 

 

Las nubes pirotécnicas de nuestra rebeldía contra el arcaísmo andrógino de las fórmulas utilitarias hacen su explosión en los campos mefíticos del metro y de la rima como petardos que destrozan rocas ingentes de sigla petrificados.

 

Queremos explotar la cantera del librepensamiento para construir nuevas carreteras por donde solamente pasen las máquinas, incoercitivas de la electricidad, única diosa que acariciara las cúpulas de nuestro triunfo.

 

Nuestro intento es quemar las montañas embriagadas de penumbras académicas y de falsos ídolos que con sus tijeras olorosas a romanticismo despilfarran lentamente los encajes fosforescentes de la única literatura de porvenir que podría crearse en nuestra gastada antilla, pisoteada aun por los espectros nostálgicos de extranjeros ociosos y faltos de salud espiritual.

 

La pólvora de nuestra sangre es suficiente para destruir las trincheras miasmáticas de los soldados cobardes que no se atreven a salir a pelear a campo raso con las bayonetas caladas de su honor y su civismo, por el sagrado encauzamiento de las ideas libertarias.

 

¡Abajo las cobardías!

 

Odiamos la belleza anémica creada por espíritus enfermos, porque esta no sólo contagia, sino que destruye.

 

Encontramos más belleza en un cuadro donde fusilan a cien rebeldes que en uno donde se nos presenta un desnudo de mujer.

 

Amamos más el vértigo que nos produce una rosa abierta de velocidad que el que nos produjera el contoneo de una flapper mesalínica.

 

Pedimos con altivez de emperadores la destrucción de todo aquello que extenúe o que amilane.

 

Un descarrilamiento de trenes es diez mil veces más bello que los éxtasis de Santa Teresa.

 

Creemos que una ciudad ardiendo contiene más belleza que todos los museos del mundo. Pedimos a todo trance que las imprentas se abstengan de publicar libros nonos o envueltos en las sábanas del pasado.

 

Renegamos de las revistas que den publicidad a literaturas fosilizadas o hueras, porque estas -las literaturas- solamente serán apariciones de siglos olvidados y por tanto son obsedentes al encaminamiento de una vida progresional.

 

Requerimos esto valientemente de todos los directores de periódicos y de revistas, porque en ellos se sostiene la columna salutífera de todo el electorado del país y porque son los más responsables del adelanto intelectual en cuanto a materia de exteriorización se trate.

 

Seremos sus enemigos más encarnizados y violentos si no actúan conforme a estas proposiciones, porque ellos son los preparadores, en cierto modo de armas de combate.

 

Los atalayistas pedimos el libérrimo poder de la acción porque esta es la única que puede enroscarse a su cintura los cinturones de las estrellas.

 

Queremos sobre todas las cosas poner nuestros besos ardientes sobre los precipicios de la voluntad para cazar los relámpagos diabólicos del peligro con los anzuelos estrellados de nuestros espíritus guerreros.

 

Estamos seguros que la juventud literaria puertorriqueña se anexaría a nosotros para dar el grito más rebelde que habrá de darse en los ciclos literarios de las Antillas.

 

 

 

Atalaya de los Dioses

El Tiempo, 12 de agosto de 1929

 

 

 

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