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LA VANGUARDIA EN PUERTO RICO

Fernando González Alberty

Ahora que ha cesado la granizada anti-atalayista; que los detractores de esta moza tendencia literaria han acallado su ametrallamiento impotente contra el torreón irreductible, es oportuno analizar la obra y determinar la influencia, no sólo del radicalísimo movimiento atalayista, sino también de la vanguardia puertorriqueña en general, pues muchos poetas de avance de auténtico prestigio intelectual no se integraron a la reducida, pero firme legión del Atalayismo.

Ahora que, pasada la guerra provocada por los literatuelos neófobos con miras a destruir los portavoces de las nuevas tendencias literarias, se abre ante la tienda intacta del izquierdismo un campo sereno, procede que el escarpelo de la imparcialidad realice una autopsia desapasionada de la función cultural desplegada por la rama puertorriqueña de la revolución literaria universal.

En Puerto Rico han estallado varias insurrecciones literarias, pero ninguna de ellas, a excepción del Atalayismo, adquirió contornos definitorios, puesto que sus legionarios inconsistentes o no lograron imponer sus doctrinas por carecer éstas de sustancia medular, o no consiguieron imponer al medio reacio sus postulados iconoclastas.

En la obra de Lloréns Torres, Palés Matos y De Diego Padró hay, esporádicamente, atisbos vanguardistas, pero ninguno de estos vates se abraza plenamente a los estandartes rebeldes de la nueva lírica. Hay que considerarlos, sin embargo, en sus respectivos radios estéticos, tres figuras salientes de la literatura patria.

En orden cronométrico sigue el brote denominado Noísmo. Surgió preñado de laudables propósitos novadores, pero su existencia fue superlativamente efímera. Fue un grito estridentísimo, un hachazo esgrimido con justa saña al tronco secular del clasicismo. Pero sus mantenedores desertaron desanimados antes de crear obra perdurable. El Noísmo fue un relámpago que duró la eternidad de un minuto, No se reafirmó lo necesario para inyectar alientos vivificantes a las decadentes letras boricuas.

Hace su presentación en el tablado vanguardista Evaristo Rivera Chevremont —Exclamación de peligro en el pentagrama del cosmos,— como lo definiera un colega atalayista (sic). Su obra es originalísima, rica en imagénes inéditas y en pensamientos inusitados. Cultiva este poeta el eclecticismo. Sus convicciones estéticas no lo han dejado desprenderse de las tradicionales rémoras del metro y de la rima. Pero aun en sus creaciones clásicas destaca su vigoroso estro de aeda moderno. Es un gran poeta.

Su hermano José Joaquín es autor de Breviario de vanguardia, interesante poemario mozo que sorprendió a la grey literaria, por haber gritado luego de un largo silencio del autor y por haber éste cultivado siempre una poesía románticamente enfermiza, aunque de un sincero sentimentalismo. Este cuaderno está bien. Se espera, sin embargo, que José Joaquín radicalice más los tonos de su lírica actual.

Juan Antonio Corretjer es uno de los poetas puertorriqueños que con más justeza ha captado las vibraciones poéticas de la hora. Es hacerle merecida justicia catalogarlo como un auténtico poeta de avanzada. Es autor de Agüeybaná, recientemente editado, opúsculo que fue enjuiciado por el autor de este ensayo.

El bordonazo cumbre del vanguardismo lo ha dado en Puerto Rico el movimiento atalayista. Este grupo de poetas jóvenes hizo su aparición en la palestra literaria como un organismo autónomo, representativo en este país de las corrientes mundiales de renovación y estética que en Europa se denominaron Cubismo, Ultraísmo, Creacionismo, Futurismo, Superrealismo, etc., pero postulando cánones aun más radicales que estas escuelas.

En el orbe cultural se operaba una revolución. Los viejos postulados literarios rodaban como ídolos destronados a los pies de las juventudes intelectuales de la postguerra. Un nuevo pensamiento, una nueva inquietud trazaron normas frescas a la petrificada ideología vigente. La literatura evolucionó. El verso bebió en la mitológica fuente poncedeleónica. El metro y la rima se insurreccionaron rompiendo en gesto sublime los barrotes esclavizadores de los preceptos tradicionales. El motivo se situó en un plano no hollado por los adláteres del clasicismo fósil. La médula sustituyó a la vaciedad. La originalidad a la monotonía de lo trillado. La lírica se proclamó autónoma, desechando el tutelaje de las reglamentaciones, y anduvo por sus propios pies. La revolución se inició en Europa, pasando luego a América.

En Puerto Rico, un grupo de poetas jóvenes apresó en su antena alerta el ritmo virgen de la época. Y respondiendo a la necesidad renovadora constituyó el cenáculo atalayista—centro distribuidor de la nueva tendencia literaria. La potente luminaria del vanguardismo dejó semiciegos a los profanos en mayoría, habituados a la luz mortecina del clasicismo apolillado. Una minoría selecta, al escuchar el grito atalayista, destapó las válvulas del aplauso. La opinión de la masa fosilizada chorreó de las plumas mohosas de escritorzuelos improvisados, quienes en su impotencia para combatir los principios irrefutables del vanguardismo, recurrieron a tácticas reptilescas, lanzando sin éxito la babosidad de su iracundia contra la cara personalidad íntima de los cofrades del Atalayismo. Sólo lograron estos minúsculos detractores del grupo hacer un reclamo gratuito de nuestra locura literaria.

También peleó el Atalayismo a brazo partido con la ignavia cultural del ambiente. Está nuestro país, por un accidente histórico, semi-aislado del resto del mundo. Las corrientes espirituales y de perfeccionamiento humano que se mueven en las áreas civilizadas apenas encuentran cauces directos para arribar a sus playas. Sólo nos envuelve copiosamente la riada del utilitarismo sajón. Cuando el clarín atalayista dio el toque de alarma, las letras puertorriqueñas eran un cuerpo momificado, sostenido por la ideología vieja de media docena de pontífices literarios consagrados por la mediocracia. Los únicos alientos renovadores que llegaban eran los de una nueva marca de chorizos o los de un nuevo tipo de automóvil. Los que persistían en hacer literatura se alimentaban aún de las ideas ya anticuadas, adquiridas durante la anterior dominación. El Atalayismo, pues, estaba frente a un enemigo de piedra.

Pero el atleta joven saltó limpiamente todos los valladares que la neofobia y el aislamiento impusieron en su senda. Ninguna rémora le arredró. La modalidad atalayista impuso sus postulados revolucionarios. Se abrió brecha por la fronda de lo reacio.

Periódicos y revistas se abrieron como una boca propicia para lanzar el grito de la época, la voz del siglo. Y en ellos derramó su obra inicial el Atalayismo. Fue una obra extensa, medular, interesante—simiente fresca que se echaba en los surcos gastados de la senilidad literaria.

El Ateneo Puertorriqueño también abrió sus puertas para propagar el nuevo evangelio poético. Y en memorable asamblea pública, ante intelectuales, artistas y profanos, desfiló triunfalmente el concilio atalayista entre gestos de aprobación y desaprobación de unos y otros y entre los aplausos de todos.

El radio también destapó sus válvulas para diseminar el insólito ritmo. Y en las ondas del éter cabalgaron las creaciones de los aedas de avanzada que en justicia se denominaron dioses, porque el poeta “es un pequeño dios”, especialmente el poeta de vanguardia, puesto que éste crea belleza, al igual que el dios ortodoxo.

Sobre base tan sólida, el torreón atalayista se aupó como un reto al caserón carcomido del clasicismo. Y llegó la hora de las cristalizaciones aurorales. El ideario atalayista se plasmó definitivamente en el molde del libro. Tres volúmenes de versos subversivos vieron la luz de la publicidad: Responsos a mis poemas náufragos, Grito y Niebla lírica —tres mensajes ateístas en la ortodoxia de la mansa poesía vigente.

Responso a mis poemas náufragos fue el primer cañonazo. Graciany Miranda Archilla inauguró la bibliografía atalayista con este célebre cuaderno, acertada exposición de la nueva tendencia. Vibró después Grito, de Fernando González Alberty, autor de este ensayo. Y en tercer turno se editó Niebla lírica de Luis Hernández Aquino, tomo en donde el romanticismo y el vanguardismo cantan en perfecto maridaje. Estas tres obras fueron copiosamente enjuiciadas en la prensa del país. Muchos juicios fueron favorables al movimiento. Se desprende de ello que fuera de la secta insurrecta había numerosos espíritus alertas, que pudieron interpretar el mensaje novador.

El sazonado fruto atalayista, según apuntamos con precedencia, goteó en el cesto del comento profuso en y fuera del país. En los círculos retrográdos, aquí los más populosos, fue acogido con la indignación que produciría entre los fieles un sermón ateísta pronunciado desde un púlpito ortodoxo. Un grupo de espíritus ágiles, no obstante, interpretó plausiblemente la moza doctrina. En el exterior —más cerca de la civilización— el aplauso fue unánime.

La semilla, pues, no se regó en suelo infecundo. La nueva generación intelectual se disponía a suplantar a la vieja. Venía pródiga en bríos juveniles, aunque orientándose por sendas trilladas. Urgía, por tanto, un estímulo que remozara su actuación estética, encaminándolas por rutas inéditas. Y el incentivo llegó oportunamente —la cátedra atalayista.

El Atalayismo torció la orientación de la juventud cultural en Puerto Rico, trazándole normas redentoras. Operó en labor de los poetas incipientes una reforma saludable. Éstos se iniciaron en la nueva escuela, inyectando a sus creaciones el aliento fresco de la misma. Y se salvaron de la anonimia, proclamando valientemente la autonomía de las letras patrias.

Hasta en la aparentemente reacia caterva de intelectuales maduros se coló el virus de la reacción literaria. El influjo del movimiento fue general. La ráfaga insurgente agitó el sedentario océano de nuestra literatura, imprimiéndole vitalidad y colorido. El idioma se agilizó. La palabra no fue más un símbolo muerto, petrificado. El léxico, viciado hasta entonces de académica austeridad, se tornó dúctil, flexible, y el pensamiento cabalgó libremente en el pegaso brioso del verbo rejuvenecido.

La implantación del vanguardismo se reafirmó más todavía cuando, como en el caso de Góngora, varios de sus acérrimos opositores, no sólo izaron bandera blanca, sino que además se convirtieron al Atalayismo. No deseamos citar casos concretos. A los que no creyeren, les presentaremos las pruebas fehacientes.

Un hojeo a nuestros libros, periódicos y revistas de los últimos tiempos, descubrirá el testimonio de tales aseveraciones. Se advertirá como que se han calzado un traje de corte moderno. Algunos detalles resultan aún anticuados. Pero se ve que la intención ha sido vestirse a tono con la moda nueva. Creemos que bastante se ha hecho. Revivir totalmente una momia prehistórica es tarea harto laboriosa.

 La revolución contra lo arcaico no estalló en la arena literaria únicamente. El arte pictórico, el musical y el caricaturesco se inmergieron también en las linfas de la renovación. Artistas de todo género ascendieron a la Atalaya, radiando desde su capitel creaciones más intensas y originales.

Arguyen trasnochados enemigos de la evolución cultural, como justificación a su neofobia crónica, que los movimientos de vanguardia —Ultraísmo, Creacionismo, Dadaísmo, etc. —han desaparecido del mapa literario de Europa. Cierto que estas cofradías de ideología indócil pasaron como escuela, como grupo. Pero la esencia de sus doctrinas late hoy con mayor ímpetu y comprensión que cuando existían tangiblemente. Su espíritu revolucionario anima actualmente el cuerpo de la lírica universal. Su influencia se manifiesta patentemente en la producción literaria de cualquier región del mundo.

El caso del Atalayismo puertorriqueño es análogo. La pléyade de vates que lo integran no ha desertado. Los aquelarres donde se confeccionan los raros productos de este sindicato literario continúan celebrándose. Aceptamos, sin embargo, que su continuidad como escuela resulta viciosa, toda vez que su misión como tal está cumplida. El Atalayismo diseminó su simiente y ésta se ha propagado abundosamente, más allá de los lindes del cálculo. El polen fecundó el ovario adulterado de savia senil. Y la simiente germina espontáneamente. Huelga ya, por tanto, el motor propulsor. El Atalayismo ha descubierto la clave del movimiento continuo.

Nos explicamos la desmesurada apertura de boca de la masa indocta ante la insurrección poemática. Culturalmente hablando, el cerebro de Puerto Rico se nutre de conceptos matusalénicos. Encuentra sí, alimento fresco, pero indigerible por lo exótico de su condimento. El espíritu puertorriqueño que siente apetencia por un manjar literario en su propio idioma, sólo encuentra, después de un extenso recorrido por la urbe, alguna publicación pornográfica, algún magacín deportivo, o alguna revista fósil. Como secuela de esa escasez de material culto, el espíritu, al volar del tiempo, por la fuerza del hábito, se encuadra definitivamente en una preferencia literaria anticuada, limosna. Naturalmente, como el ambiente de preteridad ha arraigado hondo, este ser se manifiesta decididamente reluctante ante cualquier atentado constructivo contra la tradición.

Para estos entes rutinarios, la cultura es una charca pantanosa, sujeta a leyes inmutables. O una mujer apetecible, pero tiesa de parálisis, inútil de quietismo, que no puede hacer gala de sus formas por carecer de agilidad corpórea. Conciben al poeta como un organillo que reproduce perennemente la misma tonada. Como un autómata que debe llevar una regla en un bolsillo, un diccionario de rimas en otro, y a Núñez de Arce en el corazón. ¡Dios libre al vate que ascienda a las planicies ultracósmicas a captar motivos intocados para divulgarlos poéticamente desde sus cumbres aurorales! Sobre ése caerá la excomunión anatematizante de la secta neófoba.

A pesar del aislamiento cultural en que vegeta nuestro país, brotó de su seno el cachorro bravo del Atalayismo. Puerto Rico no podía quedarse a la zaga de la civilización. Pero aunque mucho se ha hecho, la obra básica atalayista permanence inédita, esperando a las puertas del torreón el huidizo vehículo de la divulgación. Varias editoriales, la Editorial Campos inclusive, han prometido publicar algunos de los volúmenes de verso y prosa preparados por los miembros del grupo. Cuando el Atalayismo encuentre los medios para divulgar su producción fundamental y para editar su órgano Honda, sus valores de elevarán prodigiosamente en la bolsa del mercado literario. Y hasta los rezagados detractores que aún emproan sus ataques sistemáticos contra la moza agrupación, se abrazarán a sus postulados redentores como a los cánones de una nueva religión.

Alma Latina, Núm. 31, febrero de 1933

 

 

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